
Pr. jorge enrique orejuela castillo
Pastor y consejero por más de 40 años. Graduado en Teología de la Facultad Latinoamericana de Estudios Teológicos. Médico cirujano graduado de la Universidad del Valle. Actualmente se desempeña como Presidente de la Junta de Presbíteros de la Iglesia Apostólica de Jesucristo - "Fe en Jesús" Comunidad Internacional.
Día del Padre – Teología de la Paternidad
La paternidad tiene una teología seria en la Biblia y parte del principio de que Dios es visto como Padre y desde esta perspectiva tan interesante, se va creando una visión de la responsabilidad frente al desarrollo de los hijos que cada vez debe ser mucho más significativa.
Para comprender esto de una mejor manera, tendremos en cuenta la historia de la infancia de Jesús desde su gran valor teológico; ésta se escribe años después del triunfo de Jesús resucitado de los muertos, confirmando que él era el Mesías, el hijo de Dios; es una historia que tiene intenciones de correlacionar al hombre glorioso, triunfante, con el infante que años antes debió nacer y vivir en ese medio, evidenciando que alguien tan grande debió serlo desde siempre.
En esta perspectiva de la infancia, podemos interpretar que para quienes se relacionaron con Jesús, les era complicado asimilar quién era y cómo entender todos los sucesos existenciales compartidos con él, pues él comienza a separarse de la vida común y llega un momento para los demás, que les debió quedar difícil asociarlo con lo que ellos podían manejar. Difícilmente alguien se podía atribuir el mérito de haberlo educado, de haberlo convencido de la bondad del camino válido, aunque así se haya hecho, porque un hombre como Jesús siempre rebasará con su extraordinario resultado cualquier límite en nuestras expectativas y en nuestras capacidades.
Una experiencia similar vivió el pueblo de Israel, al enfrentarse a la posibilidad de la promesa mesiánica; en Isaías 9:5, en la versión la Biblia de nuestro pueblo, dice: “Porque un niño nos ha nacido, nos han traído un hijo: lleva el cetro del principado y se llama Consejero maravilloso, Guerrero divino, Jefe perpetuo, Príncipe de la paz”, esta es la visión de la grandeza expresada en el nacimiento de alguien que siendo un niño se lo recibe en el seno del pueblo y les resulta difícil de entenderlo, de asimilarlo y sobre todo difícil de actuar consecuente con la responsabilidad que se les entrega. Este hijo, según sus títulos, tiene un rango que sobrepasa la grandeza de ellos; el profeta por eso identifica a la comunidad como un ente pasivo.
Entonces, en la práctica, se debe entender la grandeza de cada niño y que Dios lo entrega con la responsabilidad de cuidarlo. Pero existe la actitud de menospreciarlos por su pequeñez y su fragilidad, desconociendo su valor y cuántas promesas para la humanidad están allí definidas en el plan de Dios. Este compromiso se debe asumir con celo, con temor y cuidado, teniendo la libertad de consultar a Dios con la mayor frecuencia posible, para poder indagar y recibir claridad que permita dejar que en cada niño se desarrolle toda la posibilidad de la propuesta divina.
La paternidad en la Biblia es más que una responsabilidad, es un llamado divino que refleja la relación de Dios como Padre con la humanidad.
Cada hijo es un regalo de Dios y debe ser criado con la conciencia de que no nos pertenece, sino que es parte del plan divino. Así lo entendió José, quien asumió la crianza de Jesús sin imponer sus propios planes, sino guiándolo bajo la voluntad de Dios. De manera similar, Manoa, padre de Sansón, buscó la guía de Dios para educar a su hijo conforme a Su propósito.
Esa fue la actitud que tomó Manoa, el padre de Sansón, (Jueces 13), que se vio enfrentado al reto de criarle un hijo a Israel, un hijo a Dios. Y por eso se preocupó de entrada en la necesidad de conocer cómo debían ser las condiciones en las que aquel niño debía crecer, al punto que le pidió a Dios que enviara al ángel nuevamente para poder indagarlo y preguntarle por las cosas que convenían para la crianza del niño.
En el caso de José, ese reto debió ser un descubrimiento que se fue haciendo fuerte y consistente con el paso del tiempo; el desarrollo de un niño que precozmente iba dando una demanda superior, porque era alguien que se perfilaba para moverse en una esfera que lo trascendía; sin embargo, era un hijo con el cual tenía toda la responsabilidad de padre, de cuidarlo, y convertirlo en un hombre responsable con él mismo, con los suyos, con su pueblo y con Dios. José debió entender que Dios reclamaba como propio a alguien que siendo su hijo -el de José- no tenía derecho de hacer planes con él, sino dejarlo someter al plan de Dios.
La experiencia para nosotros es igual, tan hijo de Dios es Jesús en el vientre de María, como hijo de Dios es todo niño en el vientre de una mujer, que no sólo reclama una maternidad segura y válida, sino una paternidad con sentido responsable; tenemos que asumir que recibimos a nuestros hijos más como hijos de Dios que como hijos nuestros. Ese niño que tenemos en las manos debe dar una medida ideal en el propósito de Dios. En esas condiciones, los planes que se puedan tener para los hijos deben postergarse siempre para dedicarse a buscar de Dios las directrices, de modo que tempranamente influyamos y podamos también oportunamente direccionarlos hacia las metas del programa de Dios.
Así, diríamos, figuradamente hablando, que “se es el papá del hijo de otro” y se debe aceptar eso como un honor, porque el éxito será, si, como en Jesús, el reconocimiento de hijos de Dios se hace dejando que nuestro papel en la crianza pase a un segundo plano; que, para llevarlos a tal nivel de grandeza, resultemos nosotros desconocidos en relación con sus vidas y que al final solo brillen ellos y nosotros quedemos atrás. Lo paradójico es que esto nos haría tan grandes como lo llegó a ser José. Hoy después de 20 siglos se habla de él como referencia de hombre piadoso y se le reconoce su papel fundamental, sólo que él escogió no brillar, para que la gloria de Cristo prevaleciera y en esa gloria termináramos nosotros iluminados para salvación.




